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16/4/17

Resurrección, alegato a favor de la vida y en contra de la muerte

Rodríguez Plaza durante su homolía, esta mañana en el Catedral.


El arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez, ha reclamado hoy en la homilía del Domingo de Resurrección, que instituciones, estructuras y relaciones sociales cristiana se manifiesten a favor de la vida, en todas sus expresiones y en contra la muerte en todas sus formas


El arzobispo de Toledo, Braulio Ródriguez Plaza, ha presidido todas las celebraciones que han tenido lugar en la Catedral Primada desde el Domingo de Resurrección. En la tarde de este Domingo de Pascua, como último acto, ha presidido las Vísperas Bautismales y por la mañana ha presidido la misa del día de Pascua, con una homilía que recogemos íntegramente.

Homilía Domingo de Resurrección

Queridos hermanos: en la noche santa la Iglesia expresa en su lenguaje –el lenguaje de los signos- el significado del misterio de la Pascua: la resurrección del Señor. Y tres son los excelsos signos que dominan la liturgia de la noche de resurrección: la luz, el agua y el “nuevo canto”, el aleluya. Si esperamos en la Iglesia envuelta en la penumbra de la luz pascual, nos inundará un consuelo: Dios tiene conocimiento de esta noche. ¿Lo tiene la sociedad en la que vivimos?

   Encontramos en ella sinsentido de la vida, vicios y evasiones, rupturas en la familia, abortos, inestabilidad económica personal y familiar, difícil acceso a las oportunidades sociales, imposibilidad de alcanzar ideales por falta de recursos económicos, estratificación social, desempleo, carencia de vivienda, imposibilidad de acceder a la educación, imposibilidad de acceder a los sistemas de salud social, vejez desprotegida por los sistemas de seguridad social, soledad, corrupción administrativa, política y gubernamental, falta de equidad e injusticia social, hambre, epidemias y pandemias, pésima calidad en la prestación de los servicios públicos, violencia, inseguridad social, delincuencia organizada, terrorismo yijadista, grandes masas migratorias, desplazados, guerras y guerrillas intestinas locales o entre naciones, grandes catástrofes naturales: he aquí unos pocos elementos de un extenso elenco de males y conflictos personales, familiares y sociales que representan, en definitiva, mil formas de muerte o lo que se ha dado en llamar una CULTURA DE LA MUERTE.

   ¿Hemos de seguir celebrando la Pascua con el velo sombrío de la duda y la tristeza incluso en medio de la comunidad de creyentes? ¿No es la Pascua una palabra sin esperanza? No, hermanos. En este día la Iglesia Católica celebra el acontecimiento fundante del cristianismo: la confesión de fe, según la cual, el Crucificado transformó la vida de unos primeros testigos, hombres y mujeres; transformación por la que estos llamados primeros cristianos lo proclamaron Resucitado y Viviente en medio de ellos. Y, a partir de su personal y comunitaria experiencia, se sintieron hijos de Dios y hermanos todos los unos de los otros.

   Es decir, durante dos mil años, desde aquellos primeros hombres y mujeres testigos del ministerio público de Jesús, de los conflictos que dicho ministerio le acarreó, de su proceso judicial y pasional y de la muerte en cruz, hasta hoy, los cristianos confiesan al Crucificado, Jesús de Nazaret, Viviente en cada cristiano y en cada comunidad cristiana que vive la misma vida que Jesús mismo vivió y enseñó.

   Dicha confesión de fe en el Crucificado Resucitado supone, al mismo tiempo, confesar que la definitiva y última palabra que Dios, el Padre, pronunció sobre la vida de Jesús de Nazaret, confesado el Hijo por los cristianos, no fue muerte y fracaso total de su proyecto sino Vida y Vida abundante (Cfr. Jn 10,10) vida eterna, vida plena, vida feliz.

   Todo lo cual significa que nosotros, la Iglesia Católica, en general, y cada creyente en Cristo, en particular, tiene – como fundamento y principal confesión de su fe – la certeza religiosa y el compromiso a favor de la Vida y en contra de la muerte, en las mil formas en que ésta se presenta. Que toda la vida de Jesús de Nazaret, su Evangelio y la forma de relacionarnos con Dios (como hijos) y con los otros (como hermanos), son una propuesta-protesta a favor de la Vida y de la Vida abundante, y por tanto, podríamos decir, el fundamento programático-doctrinal y el estilo de vida (personal y comunitario) que aliente lo que podemos llamar una “Cultura de la Vida” (en contra de la ya mencionada “Cultura de la Muerte”).

   Pero, ¿no transcurre nuestra vida personal, familiar y social, como hemos dicho al inicio, en medio de mil formas de muerte? Cada uno de nosotros, (personal y socialmente) padece carencias, desea mejores condiciones de vida, tiene la esperanza de días mejores que suponen días de mayor justicia y equidad, días de mayor y más fácil acceso a las oportunidades sociales, tiempos de mayor solidaridad, libertad y fraternidad. Todos añoramos “el cielo nuevo en la tierra nueva”. Diríamos que esta es la esperanza que debería jalonar nuestro presente y que motiva nuestro ser y quehacer cotidiano.

El arzobispo de Toledo en la misa de Pascua.

   Ciertamente la resurrección de Cristo alienta esta esperanza porque alienta la necesidad de mejores sistemas de educación, de vivienda y de salud; mayores niveles de equidad y de justicia, mayor búsqueda del bien común en la administración de justicia y de los dineros públicos. La Resurrección de Cristo, también llamada Pascua cristiana (paso) nos empuja a todos a comprometernos por un mundo mejor, más humano, más fraterno, más solidario, más vivible, más amable, a vivir como Cristo nos ha indicado, siguiendo la lógica de las Bienaventuranzas y el mandamiento del amor.

   Sí, esta cultura de la vida, que se funda en la experiencia y confesión de fe en un Dios Creador y de la Vida abundante en la Resurrección de Cristo y, por El, con El y en El, en nuestra propia Resurrección, ¿no ha de manifestarse especialmente en las sociedades en las que mayoritariamente nos llamamos “cristianos”?

   Dicho de otra manera, ¿no resultan las manifestaciones de la Cultura de la Muerte contradictorias y escandalosas en sociedades donde mayoritariamente – como en nuestro caso – nos confesamos públicamente como “cristianos”? Porque dichas manifestaciones chocan y contradicen el proyecto fundamental de Dios en Cristo: su Resurrección que es abundancia de vida, en contra de la abundancia de muerte.

   Si nuestra profesión de fe como “cristianos” la vivimos en medio de situaciones manifiestas de precariedad de vida para unos frente a la abundancia desigual de unos pocos; si, mientras millones malviven o sobreviven, unas minorías nadan en la abundancia; si las decisiones gubernamentales no procuran el bien de todos y – con ello – vamos construyendo persecución, desigualdad, desunión, divisiones, discriminación e intolerancia; si – en fin – no logramos aún la construcción de un mundo más humano por lo fraterno y justo, entonces nuestra experiencia religiosa cristiana puede llegar a ser falsa porque es hipócrita, porque la construcción que hacemos de nuestro entorno personal y social contradice los postulados, principios y valores del Evangelio de la Vida de Jesucristo.

   Pascua Cristiana, por la Resurrección de Cristo, es tiempo para que examinemos nuestros compromisos personales y familiares y nuestros frutos como sociedad española y toledana, y aun europea. Tiempo para que nos preguntemos si los frutos y las virtudes morales con los que estamos diseñando la construcción de nuestra sociedad – poblada todavía mayoritariamente por “cristianos” – corresponden coherente y auténticamente al proyecto y cultura de la Vida abundante para todos, que emana del Evangelio.

   ¿Qué sucedería si la Pascua, la resurrección de Jesús no hubiera tenido lugar? Si no existiera la resurrección, la historia de Jesús terminaría con el Viernes Santo. Jesús se habría corrompido, sería alguien que fue alguna vez. Eso significaría que Dios no interviene en la historia, que no quiere o no puede entrar en este mundo nuestro, en nuestra vida y nuestra muerte. Todo ello querría decir, por su parte que el amor es inútil y vano, una promesa vacía y fútil; que no hay tribunal alguno y que no existe la justicia; que solo cuenta el momento; que tienen razón los pícaros, los astutos, los que no tienen conciencia.

   Pero no es así: Resucitado al tercer día es una verdad que confesamos con la Iglesia en palabras que se remontan hasta la comunidad originaria de Jerusalén, hasta la predicación de Jesús, y que hunde sus raíces en el Antiguo Testamento. Concluyo, pues, aquí con una invitación: Que nuestras confesiones de fe “cristiana” y nuestro culto “cristiano” se manifiesten finalmente en instituciones, estructuras y relaciones sociales “cristianas” a favor de LA VIDA (en todas sus expresiones) y en contra de la muerte (en sus tantas formas). Merece la pena. Es posible.
¡FELICES PASCUAS!
+Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo




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